jueves, 11 de junio de 2009

Corazón de piedra

“Mario Benedetti murió” dijo en tono solemne la voz de la radio. Me di cuenta que no sentí nada al escuchar esta noticia. Primero pensé que era una señal inequívoca que mi corazón era ya de piedra pómex, no había nada más que hacer. Todas aquellas personas que me habían dicho que era fría y sin sentimientos tenían razón, el conjuro se había hecho realidad, oh desgracia, cómo seguiría viviendo así muerta en vida, nooooo!!!! Toritooooooooo!!!!!! Cómo verán casi no me gusta el drama.

Pero esperen un momento, paren las máquinas: claro que soy sensible, no lo parezco pero si lo soy, no se cómo explicarlo pero si lo soy, en serio, se los jurito. Los ejemplos que se me ocurrieron en ese momento fueron bastantes cursis así que mejor se los voy a ahorrar, pero tengan un acto de fe y créanme: sí tengo sentimientos.
Bueno continuando con el relato, hagan de cuenta que mi mente comenzó a divagar acerca de Benedetti, ya saben dando saltos de aquí para allá. Primera imagen: Gonzalo Vega y Adriana Fonseca en la chafa adaptación mexicana de la Tregua al cine. No sé porqué siempre me acuerdo primero de lo malo, y esta película si que es mala , hasta escalofríos me dieron, pero pronto se quitaron con la segunda imagen: Lado Obscuro del Corazón, de cómo con Táctica y Estrategia se enamoró la voladora, esto me llevó a la tercera imagen: mis años de universidad, de aquella Helena que una vez fue y ya no es. Salto a la cuarta imagen: Las horribles pero inconfundibles portadas de sus delgados libros. Esa combinación de naranja con una franja morada hasta arriba. Quinta imagen: yo leyendo la Tregua en el sofá de la sala.

Fue ahí cuando caí en cuenta que la Tregua fue el primer libro que me gustó y lo más importante que leí completito. Si debo de confesar que fui una lectora tardía y tramposa. Antes de la Tregua, de todos los libros leía las primeras páginas y de ahí me iba directito al final, claro que esto me dejaba con una idea muy vaga de lo que se trataba el libro en cuestión.

De niña fui floja para todo, para hablar, comer, caminar y por supuesto leer. Mi madre era la única que entendía mis balbuceos pues me negaba a hablar correctamente, desde esos años se vio que mi poder de síntesis estaba cañón, para mí "ta" era "quiero eso", "na" era "eso no me gusta" (palabra que ocupaba mucho by the way). Yo creo que en cierto momento mis padres pensaron que no sería una niña normal. En aquella época sólo comía frijoles y si me hacía caminar a los pocos pasos me ponía en cuclillas para no dar un paso más esperando que me cargaran y obvio mis padres siempre cedía. Por más que mi hermano y mi señora madre intentaron que descubriera el placer de la lectura, pues a mí nada más no me entraba la palabra escrita. Era un suplicio, no entendía nada de los que me daban a leer, y no crean que me daban cosas muy elevadas, pero era como si mi cerebro no comprendiera lo que leyera, pero como decía mi abuelita, el tiempo lo cura todo. Y si, quien diría que ahora lo que más me gusta hacer es tener una buena platica, la comida de mi mamá, salir a caminar y sentarme a leer.

Éste último comenzó con la Tregua, fue el primer libro que me habló de cosas que nunca nadie me había hablado y en una manera en la que nunca nadie lo había hecho. Los personajes y yo formamos cierta intimidad. De hecho, al día de hoy me sorprende que en el mundo sólo tenga a tres personas con la que tengo diálogos tannnnnn íntimos como con los libros. En fin, la suerte estaba echada. A Benedetti le siguieron el Gabo, Varguitas, la Lessing, el maestro Serna, etc, etc, etc. Fue ahí cuando un claxonazo me hizo regresar a la realidad, la triste realidad de que tenía mil pendientes que me esperaban en aquella mañana y yo sin ganas de llegar a trabajar.